XVIII Domingo del Tiempo Ordinario.

Primera lectura: Eclesiastés (Cohélet) 1, 2; 2, 21-23 / Salmo Responsorial: Salmo 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17 / Segunda lectura: Col 3, 1-5. 9-11 / Evangelio: Lc 12, 13-21

Las Lecturas de este Domingo nos advierten acerca del peligro de la avaricia, la cual es un pecado y un vicio relacionado con el apego a los bienes materiales y con el deseo de tener mucho.

La Primera Lectura del Libro del Eclesiastés (Qo 1, 2; 2, 21-23) nos insinúa la poca importancia que tienen los bienes materiales y los afanes de este mundo.

La Segunda Lectura de San Pablo (Col 3, 1-5. 9-11) nos invita muy claramente a ocuparnos “de los bienes de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios”. Menciona también San Pablo la “avaricia”, “como una forma de idolatría”.

Idolatría es la adoración y el culto a dioses falsos.  ¿Por qué, entonces, habla de la avaricia como idolatría?  Porque el deseo excesivo de bienes materiales, la satisfacción de necesidades inventadas o de lujos innecesarios terminan por convertir al dinero en un dios falso, en una cosa a la que se le rinde culto, porque se le pone por encima de todas las demás cosas, por encima de los bienes espirituales, por encima de Dios.

El Evangelio (Lc 12, 13-21) también nos habla de la avaricia: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Pero… ¡qué difícil es no estar apegado a los bienes de aquí abajo, a los bienes de la tierra: dinero, propiedades, comodidades, lujos, gustos, placeres, seres queridos, etc.!  Y si nos fijamos bien, en la Palabra de Dios el Señor nos pide apegarnos solamente a los bienes de allá arriba y desprendernos totalmente de lo que solemos llamar “las cosas de este mundo”.

Se cuenta de un señor muy, muy avaro… ¡tan avaro! que quiso que lo enterraran con el dinero que había acumulado en una cuenta muy sustanciosa que tenía.  Y tanta era su avaricia que le hizo prometer a la esposa que lo enterraría con el dinero que estaba en esa cuenta. Muere el señor y la esposa le hizo saber de su promesa al hijo mayor.  Este -muy sagazmente- resolvió el problema: “No te preocupes, mamá, yo le voy a hacer un cheque por la cantidad que hay en la cuenta, y se lo ponemos en la urna”… En qué Banco iría a cobrar este cheque el avaro fallecido (???).

En la práctica de la Caridad – amor al prójimo- podemos resumir los bienes de allá arriba, porque al final, seremos juzgados según hayamos amado o no…  “Al atardecer de la vida seremos juzgados en el Amor” (“Dichos de Luz y Amor”, San Juan de la Cruz)

Como dice el Papa Francisco: “Nunca he visto un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre, nunca. Pero sí hay un tesoro que podemos llevar con nosotros, un tesoro que nadie nos puede robar, que no es lo que has estado guardando para ti, sino lo que has dado a los demás”.

Padre Antonio Ortiz.


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