Reflexion Evangelio Dominical

Escrito por el julio 3, 2021

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO.

“Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio” Con estas palabras el Apóstol San Pablo se dirige a los Corintios para defenderse de las criticas que le hacen y para advertirnos el peligro de este pecado capital tan peligroso en nuestras costumbres de vida.

Creo que las tres lecturas de este Domingo 14 del ciclo B del tiempo ordinario quieren ensenarnos y advertirnos sobre La Soberbia, Recordemos que es uno de los 7 pecados capitales junto con la ira, la gula, la pereza, la avaricia, la envidia y la lujuria.

El profeta Ezequiel es enviado a Israel, un pueblo rebelde, testarudo y terco. Que con su soberbia no quiere obedecer la voluntad de Dios. Aunque ya había hecho una alianza con El Señor.

San Pablo confiesa que él mismo esta luchando contra la soberbia suya y del pueblo de Corinto y, en el evangelio de San Marcos (6), nuestro Señor mismo es rechazado y discriminado por ser “el hijo del carpintero del pueblo”.

La soberbia es una sobreestima de si mismo, que hace que uno se considere superior a los demás y quiera elevarse por encima de ellos. El primer pecado de soberbia lo cometió el demonio cuando se rebelo contra Dios y dijo: “no serviré” al saber que el Hijo de Dios se iba a encarnar y hacerse hombre.

Los efectos de la soberbia son: 1º. El Orgullo que es la ostentación de cualidades que uno cree tener. 2º. Se cree y presume que todo lo puede (omnipotente) ; 3º. Se quiere aparecer mejor de lo que es, y desprecia a los demás viéndolos inferiores. La virtud opuesta a la soberbia se llama: “Humildad”.

Es muy difícil hoy en día ser cristiano (bueno… siempre). Muchos cristianos y bautizados católicos, tal vez más entre las nuevas generaciones, consideran la fe como un atadura, una asfixia, algo que nos estorba para hacer una buena vida.

Ya escuchamos a Dios en la Primera Lectura decirle al profeta Ezequiel que es enviado a llevar su mensaje a un “pueblo rebelde” cuyos hijos son “testarudos y tercos”. Y por eso, por soberbios, no aceptan el mensaje del profeta.

Nuestro Señor Jesucristo se defiende diciendo: “todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa”. Estas palabras van dirigidas contra la gente de su pueblo, Nazareth, y no hace allí ningún milagro, se va de su pueblo, deja su gente y desde entonces va a vivir en Cafarnaúm, donde empieza a llamar a sus discípulos. La fe es la condición para que Dios haga milagros y se manifieste su presencia por medio de nuestro Señor.

Ojala que vivamos mas en humildad de corazón, nos aceptemos unos a otros como seres humanos llenos de defectos. “ama a tu prójimo como a ti mismo”. “Trata a los demás como quieres que te traten a ti”… Volvamos a leer y meditar esos capítulos 5, 6 y 7 del evangelio de S. Mateo. El famoso Sermón del monte. La primera predicación de nuestro Señor Jesucristo.

Ya dejemos de lado la soberbia y los demás pecados capitales. Dejemos de hacer caso a tantas tentaciones del demonio que nos hacen creernos intocables y superiores a los demás.

El mejor padre de familia no es el que grita y golpea a sus hijos y a su esposa, sino el que sirve y se entrega a educar a sus hijos con un buen ejemplo de oración y de trabajo. El mejor patrón en su trabajo es el que considera a sus empleados como hermanos que también luchan y se esfuerzan todos los días por trabajar y ganar un sustento para llevar a su casa el pan de cada día y muchas veces también para enviar algo de ayuda a sus padres en su país de origen. Yo como sacerdote y mis demás hermanos sacerdotes, no debemos tratarlos a ustedes con soberbia. No somos dueños de la Iglesia, somos servidores e instrumentos del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, Debemos ser pastores, como dice el Papa Francisco, “con olor a ovejas”.

Recibamos en nuestra asamblea de esta Misa, en nuestra comunidad parroquial, en nuestra familia y sobre todo en nuestra propia persona a nuestro Señor Jesucristo y su mensaje de salvación. No lo rechacemos como en su pueblo de Nazareth, Dejemos de ser soberbios, prepotentes o tercos y pidamos como San Francisco de Asís con mucha humildad: “Señor, hazme instrumento de tu paz”. Amen.

 


Padre Antonio Ortiz.


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