Lo que has acumulado, ¿de quién será?

Lc 12, 13-31

R.P. Emilio Garreaud I., Director Nacional

«Vaciedad sin sentido, todo es vaciedad. ¿Qué saca el hombre de todo su trabajo y de los afanes con que trabaja bajo el sol? (Ecles. 1,2; 2, 21-23) ¿De qué sirven todos nuestros afanes por conseguir cosas en este mundo, si después de la muerte, todo quedará acá? ¿Estamos preparándonos para ese encuentro con el Señor? ¿Somos conscientes que esta vida es tremendamente cadu­ca? ¿No sabemos  que la muerte vendrá como ladrón en la noche? ¿No está en las Escrituras acaso que no sabemos ni el día ni la hora? Es más nuestra experiencia de la vida nos ha demostrado la cruda realidad de la irrupción de la muerte en muchas personas.

¡Cuán mundanos y necios somos cada uno de nosotros! Dice San Agustín: «Asistimos todos los días a la muerte de muchos, celebramos sus entierros y funerales, y seguimos prometiéndonos larga vida». De la actitud que tengamos frente a la muerte, dependerá nuestra actitud frente a la vida.

¿Te estás preparando para el encuentro con Dios? No vaya a ser que tengamos que «presentarnos al Señor con las manos vacías» (Eclo 35,6; Ex 23,15). Si esta noche muero, me pasará lo mismo que al rico insensato? Es sorprendente la necedad del rico de la parábola. Sólo vive preocupado de sus «riquezas» y se olvida de los «bienes de arri­ba». Vivir es para este hombre, lo mismo que para muchas personas, «aprovechar, bien esta vida», tener seguridades (llenos los graneros), y luego «tumbarse, comer, beber y darse una buena vida». Este es, su ideal, prescindiendo en absoluto de Dios y el próji­mo. Tenemos que ser conscientes que toda vida que se construya sin tener sólidas bases,  en Dios, de nada sirve. Si buscamos nuestra seguridad en los bienes materiales, nunca estaremos tranquilos, ni satisfechos.

Como también nos relata la parábola y la epístola de San Pablo, podemos tener otras riquezas que nos impiden salir al encuentro con Dios. Específicamente se nos habla de la bebi­da, gula y  flojera (en la parábola), fornicación, impureza, pasión, codicia y avaricia (en la epístola); sin embargo pueden ser distintos los «diosecillos», que podemos tener y que no nos permiten estar cerca del Señor.

En nuestra vida podemos tener grandes pecados, o tal vez, pequeños, lo importante es que tenemos que responderle a Dios. Sea lo que sea,  grande o pequeño, lo  que nos impide, poder seguir al Señor, tenemos que arrancarlo del corazón.

Comparando nuestra vida con la eternidad; ¿Qué es ella? Nuestra vida es tan corta que esta misma noche nos pueden exigir la entre­ga de nuestra alma. Así es de escaso el tiempo: esta misma noche.

¿No será que tienes, que cambiar muchas cosas en tu vida?


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