QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO  (C)

LA FE DE SAN PEDRO

(Lc 5,1-11)

R.P. Emilio Garreaud I.

 

Las multitudes ávidas de oír la palabra de Vida seguían al Señor Jesús. El Reconciliador para poder hablar con mayor libertad, sube en la barca de Pedro. Una vez terminada su predicación, le pidió a Pedro entrar mar adentro y echar las redes. A pesar de haber estado pescando infructuosamente, durante toda la noche, Pedro obedece. Como fruto a la docilidad de Pedro, pescan tanto, que las redes estuvieron a punto de romperse y se vieron obligados a pedir ayuda a otros pescadores. Al final llenaron dos barcas de peces casi al extremo de hundirse.

Ante este hecho maravilloso, Pedro se tiró a los pies de Jesús y le dijo: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. El Señor le anuncia a Pedro, que será: “pescador de hombres”. Pedro y los demás discípulos dejaron todo, y lo siguieron.

Algo que impresiona de este pasaje y que es anuncio del prima­do de Pedro, es el hecho que el Señor entra mar adentro en la barca de este apóstol. Esta barca es símbolo de la Iglesia. En ella está siempre el Señor Jesús, y en ella, también Pedro. Es Pedro, quien empuja la barca y el que dirige la pesca. Es desde la barca, de Pedro representado ahora por Juan Pablo II, que el Señor se hace presente en el mundo: “Donde esta Pedro, allí esta la Iglesia”.

Siguiendo la interpretación del pasaje bíblico, vemos, que Pedro, contra su natural convicción arroja las redes al mar. Parecería lógico lo que Pedro le dice a Jesús: ¿cómo pescar de día, si de noche no han podido hacerlo?  Mas allá de toda lógica, Pedro es obediente, y como fruto de ello obtiene muchos frutos. Otro detalle interesante, es el hecho, que, superando el cansancio, producto de esa faena nocturna, lo importante es responder con fe y trabajar de acuerdo al máximo de nuestra capacidad y posibili­dades.

La fe de Pedro es premiada en abundancia. Las redes repletas de peces son símbolo de la abundancia de dones, que recibimos de Dios, cuando confiamos en Él. El apóstol Pedro se queda asombrado ante este gran milagro. En una sola mirada percibe la grandeza de Dios, su propia llamada y por otro lado su indignidad. Le brotan inmediatamente, las pala­bras: “Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador”.

 

Pedro es tocado por la presencia de Dios. Al igual que el após­tol, hay personas que en el silencio de su corazón y en la humil­dad se encuentran con la majestad de Dios; como sucede con el apóstol Pedro, estos hombres abandonan todo, para hacerse pesca­dores de hombres.

Pedro, parte del reconocimiento de su propia miseria humana. Sólo cuando se descubre pecador y se arrepiente, el Señor irrumpe en su corazón. Aquel que tiene a Dios en su vida, lo anuncia a los demás y como Pedro se convierte en pescador de hombres.

El que obedeciendo a Jesús cogía peces para la muerte, enviado por Jesús cogerá hombres para la vida eterna.

Nosotros hoy día también somos convocados por Dios y el Señor Jesús nos invita a ser pescadores de hombres. Ojalá que nosotros como los discípulos, saquemos nuestras barcas a tierra y dejándolo todo lo sigamos. Pidámosle a María, la Madre del apostolado, que siempre nos acompañe en la misión de ser “pescadores de hombres”.

 


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