VETE Y NO PEQUES MAS

 (Jn 8,1-11)

R.P. Emilio Garreaud I., Director

Siempre en ese afán de buscar motivos para acusar al Señor Jesús, los fariseos y los letrados le traen a una mujer sorprendida en adulterio. El Señor que se encontraba enseñando a las multitudes fue reconocido públicamente por ellos como «maestro» y le dicen: «Maestro esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio». Si la condenan, lo acusarían, por arrogarse un derecho, que le compete al procurador romano y en el caso contrario por ir contra la ley judía.

Jesús en una actitud, que podía perecer distraída,  inclinó la cabeza hacia el suelo y  se puso a escribir en la tierra con su dedo. Jesús que conoce las intenciones de los corazones huma­nos, lograr  con su respuesta, tres fines: ponerse del lado de la ley, con lo que no podrán acusarlo; perdonar a la adúltera y mostrarle su hipocresía a los escribas y fariseos.

Los increpa y les dice: «El que esté sin pecado tire la primera piedra». Ellos al oírlo se fueron escabullendo uno a uno empezan­do por los m s viejos. Todos se fueron y quedó sólo la mujer: Jesús se puso de pie y le dijo: «Mujer ¿donde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condena­do? Ella contestó enseguida, reconociendo el señorío de Jesús y le dijo: «ninguno»; y el  Señor Jesús, en un gran gesto de miseri­cordia, le dice: «Tampoco yo te condeno; vete y desde ahora no peques m s».

La pregunta que nos podemos formular es ¿qué tanto somos como los escribas y fariseos? Luego de descubrir a la mujer en adulterio, ella es inmediatamente juzgada, difamada, avergonzada públicamente y es usada por los fariseos y escribas, para tenderle una treta al Señor Jesús.

Cuántas veces, análogamente, se reproduce entre nosotros situaciones similares. No son pocas las veces que personas son juzgadas por cosas que hicieron o a lo mejor ni siquiera hicieron. Qué crueles somos cuando hablamos mal del otro buscando satisfacer nuestras envidias o bajas pasiones, o hasta complejos de inferioridad. Lo que es peor es que nos amparamos en una actitud moralista o nos cubrimos con la máscara de la justicia y de la virtud.

Pero igualmente, nos olvidamos de aquella famosa figura de «ver la  paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio» (Mt. 7,3). O Jesús afirmando «bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzar n misericordia» (Mt. 5,7). ¿Qué sentido tiene para nosotros aquella frase del Padre Nuestro de «perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden»?

El Evangelio de hoy nos habla de la misericordia de Dios a los hombres y que si somos coherentes  se debe reflejar en nuestra misericordia por los demás. Indudablemente la ley del amor y del perdón es la que aquí da la pauta. Una vez que el pecador reconoció su falta hay que tratarlo con la misericordia que Jesús  muestra en este pasaje, que es la misma misericordia que la del Padre con su rebelde hijo en la par bola del «hijo pródigo».

Aprendamos hoy de la misericordia del Señor Jesús, porque ‚se es el llamado «que os améis los unos a los otros como Yo os he amado» (Jn 13,34).


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