EL PADRE AMOROSO

 (Lc. 15,1-3.11-32)

R.P. Emilio Garreaud I., Director Nacional

En el Evangelio de este domingo se nos manifiesta de una manera preciosa la imagen de Dios Amor. En esta parábola que meditamos, aparece simbólicamente, el Amor que Dios Padre Celestial, nos tiene a nosotros los hombres.

Es sorprendente el amor que tiene el Padre por cada uno de nosotros. Que increíble la figura del Padre, bueno y bondadoso, de la parábola del «Hijo Pródigo». No se trata de un padre despreocupa­do; sino por el contrario, él se encontraba siempre pendiente de ese hijo que se había ido a un país lejano. Cuando lo ve, corre al encuentro de su hijo, lo llena de besos y lo recibe en su casa.

Tanto es el amor que Dios nos tiene, que no quiere dejarnos por ningún motivo desamparados. Quiere que vivamos el mismo amor que Él vive. Nos creó para que participaramos de esa comu­nidad divina de amor: el Padre con el Hijo Unigénito en el Espíritu Santo. Hemos sido creados por el amor y para el amor. Como bien afirma el documento de Puebla: «El hombre eternamente creado y eternamente elegido es Jesucristo, debía realizarse como imagen creada de Dios, reflejando el misterio divino de comunión misma y en la convivencia con sus hermanos, a través de una acción trans­formadora sobre el mundo (Puebla 184).

A pesar de saber, que somos seres, para vivir en comunión y participación con Dios y con los hermanos, nosotros los hombres, haciendo mal uso de nuestra libertad, optamos por el pecado; que en buena cuenta es la negación del amor. Nos volvemos necios y emigramos a «un país lejano», entrando así, en la tierra de la desemejanza. Vivir lejos del amor de Dios y los hermanos, nos destruye y nos hace perder el sentido, de nuestra vida. Como en la Parábola del Hijo Pródigo, nos «animalizamos» y vivimos la angustia de no estar en la casa del Padre.

Hoy el Señor nos está llamando, para que, como el «Hijo Pródigo», entremos en nosotros mismos y descubramos que ya no podemos seguir viviendo en la tierra del pecado. Tan sólo ser un jornale­ro de la casa del Padre bastaría; pero el Señor, no quiere eso para nosotros. Nos recoge desde nuestra iniquidad y nos invita a que gocemos de las maravillas de su amor.

De la misma manera que lo realizó con el Pueblo judío, Dios quiere darle una casa digna a quien peregrina a su encuentro.

La sola consideración de vivir la experiencia del amor, y participar de la casa de Dios, debe hoy, llevarnos a dejar todo pecado: que es la muerte para nosotros. Como la Bienaventurada Virgen María, hagamos de nuestra vida un «hágase». Ella nos muestra con su propia vida que somos peregrinos a la casa eterna.


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