La Transfiguración

Lc 9,28b-36

 

R.P. Emilio Garreaud I. Director Nacional

 

En este segundo Domingo de Cuaresma, meditamos en la Transfigura­ción del Señor Jesús. ¿Por qué esta reflexión en medio de un tiempo que nos llama a la conversión y al cambio? Somos peregrinos hacia la Casa Paterna. Vamos hacia el encuentro con Dios, luchando contra nuestras miserias y pecados. Percibir el horizonte hacia el cual tenemos que llegar nos ayuda en medio de “este valle de lágrimas”. Saber cuál es la meta nos alienta en nuestro caminar. En el Evangelio que meditamos vemos de forma esplendorosa la divinidad del Señor: “Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambio, sus vestidos brillaban de blancos”.

El verbo griego, que se usa para referirse a la transfiguración. es el siguiente: “se metamorfoseo”. No es que Jesús se convirti­era en otro, sino que siendo siempre el mismo, apareció brillante y luminoso. Era la demostración de su divinidad. Las expresiones y símbolos que se usan, en el Evangelio, son muestra de la naturaleza divina del Señor.

Esa experiencia mística sacia el hambre de infinito de los apóstoles. Repentinamente aparece ante sus ojos la presencia de lo sobrenatural que los sobrecoge de tal manera que quedan “seducidos” olvidándose temporalmente de su misión. Jesús en medio de la intimidad les manifiesta su rostro divino y los invita a no quedarse en la montaña, sino más bien mostrar quien es Jesús a la humanidad.

Ese camino ineludiblemente tiene que pasar por la “cruz”. Es sintomático el diálogo del Señor Jesús con Moisés y Elías en donde hablan de su muerte que se habría de consumar en Jerusalén. Los apóstoles no entendían que tenían que ir con el Señor por el camino del Calvario. ¡Qué contrastante esa experiencia sobrenatural – con su carga de cruz-  con las actitudes de debilidad de los apóstoles!

En ese momento tan importante, – como también lo sería más tarde en Getsemaní – “Pedro y sus compañeros se caían de sueño y espabilándose vieron su gloria y a los hombres que estaban con él”. Tampoco entendían lo que sucedía; al punto de ofrecerle al Señor, hacer tres chozas, para cada uno de ellos. El Evangelio dice: “No sabía lo que decía” ¡Qué tal contraste!

La carta de San Pablo a los Filipenses, nos muestra – como sucedió con los apóstoles- que nuestra meta es sobrenatural. Nos dice el Apóstol de Gentes que “somos ciudadanos del cielo de donde aguardamos un salvador: el Señor Jesucristo”. En la lectura del libro del Génesis apreciamos la Alianza entre Dios y Abraham; anticipo de la alianza por excelencia que se da con la sangre derramada por Cristo. Se muestra aquí la amistad entre Dios y el hombre.

Somos como los apóstoles, débiles y obtusos frente a las cosas divinas. Pidámosle a la Madre, que humana como nosotros, para que nos ayude a descubrir cuál es la meta hacia la que tenemos que caminar.

Más allá de nuestras fragilidades y limitaciones, el mismo Señor Jesús, nos invita a “transfigurarnos”. Es importante, que como nuestra Madre nos esforcemos de acuerdo al máximo de nuestra capacidad y posibilidades, para así cumplir el Plan de Dios.


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