SEPTIMO DOMINGO ORDINARIO (C)

EL ESPIRITU DE DIOS ESTA SOBRE MI

(Lc 1,1-4; 4,14-21)

R.P. Emilio Garreaud, Director Nacional

La primera lectura, nos presenta, la actitud compasiva de David, que huyendo por las tierras de Zif, junto con su amigo Abisai, logra penetrar en el campamento del Rey Saúl; y pudiendo asesinar a su “enemigo”, no lo hace. Sin duda, la manera más fácil de librarse de sus peligros y llegar al trono, hubiera sido matarlo; sin embar­go, prefiere perdonar a Saúl.

Hoy día, David se nos presenta, como modelo, de aquel que perdona al enemigo.

Su figura, nos enseña, lo que debemos hacer en nuestras vidas; si es que queremos tener, una amplitud de espíritu. Aquel que sólo está pensando en la venganza, y guarda en su corazón, resentimi­entos y odios, sólo consigue destruir su vida. Nunca logrará tener paz interior y sus horizontes se empequeñecerán en la medida que solamente esté a la espera de hacerle daño al hermano.

Su desorden interior, le impedirá poder, libremente entrar en contacto, con Dios Amor y perderá toda posibilidad de planificación personal.

El único, camino que tenemos para estar junto a Dios, es amando y desterrando, de nuestro corazón, los rencores, odios y susceptibilidades, que lo único que hacen es empequeñecer nuestras vidas.

El Señor Jesús, nos enseña en su Evangelio: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian».

Siguiendo el camino que hoy nos enseña el Señor, nuestras vidas cambiarán y entrarán en el horizonte de Dios. El hombre que perdona vive reconciliado consigo mismo, puesto que no hay nada interior, que lo desordene y vive volcado al diálogo con el hermano. Se planifica en la medida, en que descubre el rostro de Dios, manifestado en cada uno de los hermanos humanos, y limpio en su corazón descubre con autenticidad a Dios que es Amor.

Nuestro perdón no debe tener límites; ni por el número de veces, ni por la magnitud de la falta, ni por la persona de quien provi­ene la ofensa. Nuestro límite es el infinito (siete veces siete).

Aunque el mundo, no lo entienda, debemos: “ponerle la otra mejil­la a quien nos ha golpeado, darle a quien nos pida, prestar sin esperar recobrar, no reclamar a quien a tomado nuestras cosas …”! ¡Qué ilógico todo esto para los ojos del mundo, mas no así para los de Dios!

En la medida en que nosotros seamos misericordiosos, los demás también lo serán con nosotros. «La medida que usemos, la usarán con nosotros”. No en vano rezamos el Padre Nuestro y le pedimos a Dios: » Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden «. Si realmente queremos que Dios nos perdone y también los hermanos; perdonemos nosotros también. ¿Si Dios nos perdona a pesar de nuestros pecados, como no vamos a perdonar nosotros también?

Su amor se nos manifiesta, como misericordia. El mismo Señor Jesús, nos enseña con su propia vida, lo que es el perdón. El mismo, luego de haber sido injuriado, y golpeado y punto de morir, levanta los ojos al cielo, y proclama: «Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen».

¿Si el Señor perdono, en esas circunstancias, como no vamos a perdonar las pequeñeces de nuestra vida? ¿Cómo no vamos a saber, aprovechar las ocasiones que Dios nos da para acercarnos a Él?

Recuerda lo que decía San Juan Crisóstomo: «nada nos asemeja tanto a Dios, como estar siempre dispuestos al perdón».

Somos hombres terrenos – así nos dice San Pablo en la carta a los Corintios – pero estamos llamados a trascendernos y vivir con sentimientos espirituales a “imagen del hombre celestial”. En esa perspectiva tenemos que descubrir que el perdón es Divino.

Cuando tengamos el corazón cargado acudamos a la Virgen pues ella sana nuestro dolor y nos da respiro en nuestra aflicción. Cuando nuestros sentimientos nos desbordan y llegamos hasta el extremo de no querer perdonar, ella les da la calidez a nuestros corazones y con ternura nos   enseña a ser como Jesús, que amo hasta el extremo. Ella, está siempre ahí para darnos el calor de su regazo maternal, para escuchar nuestras miserias y traernos el consuelo del mismo Dios Amor.

Ella al igual que su Hijo -al pie de la cruz — nos perdona sin importar lo que hayamos hecho.


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