Sexto Domingo del Tiempo Ordinario

¿Somos Bienaventurados?

Lc 6, 17.20-26

P. Emilio Garreaud, Director Nacional

Refiriéndose a las Bienaventuranzas el San Juan Pablo II, decía: “son el retrato de Cristo, un resumen de su vida y por eso se presentan también como un programa de vida para sus discípulos, confesores, seguidores. Toda la vida terrena del cristiano, fiel a Cristo, puede encerarse en este programa, en la perspectiva del reino de Dios”

Si queremos ser felices, tenemos que ser como el Señor Jesús. Él vivió cada una de las Bienaventuranzas y nos invita a que nos configuremos a Él, encarnado en nuestras vidas cada una de ellas.

Como dice el profeta Jeremías, seremos bienaventurados si confiamos en el Señor y ponemos en El nuestra confianza. Si vivimos, para el Señor, “seremos como un árbol plantado junto al agua,… y cuando llega el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en el año de la sequía no se inquieta, no deja de dar fruto”. (Jer 17, 5-8).

El humilde, que pone su confianza en el Señor, dará fruto y será bienaventurado. A diferencia del que pone su confianza solamente en los hombres. El que confía en Dios, si vivirá la paz porque se encuentra inserto en El.

El Soberbio aun cuando consiga todas las cosas de este mundo, no será feliz. Siempre, estará “inquieto” y “habitara en la aridez del desierto, en tierra salobre e inhóspita”. Aun cuando logre sus supuestas metas inmediatas, no tendrá la quietud de espíritu, pues vivirá en la ansiedad frustrando su perspectiva trascendente.

Quien está lleno de orgullo parece no necesitar de Dios, vive para si mismo: está sujeto a la alabanza ajena, entra en la pendiente de siempre haciendo cosas nuevas y “mejores”, es tremendamente sensible a las críticas  de los demás, exagera sus propias cualidades, la curiosidad lo lleva a saber de todo, no reconoce sus errores, es frívolo y superficial y sólo consigue frustrarse.

En buena cuenta, se trata del maldito del Evangelio, que lo único que logra es adelantar en este mundo su infierno personal y enajenarse de la vida eterna junto a Dios.

Es importante, aunque el mundo no lo entienda, que aprendamos a encarnar en nosotros el espíritu de las bienaventuranzas; sí así lo hacemos, estaremos abiertos a las maravillas de Dios. El que vive las bienaventuranzas es agradecido. Siempre está dispuesto a acoger al hermano humano y entra ya desde este mundo en diálogo con Dios. Se eterniza infinitamente en comunión y participación con Dios.

María vivió, auténticamente cada una de las bienaventuranzas. Ella es la sierva del Señor que en el Magníficat proclama: “derribo a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. La “Bienaventurada” Virgen María, hoy, nos enseña a vivir auténticamente como su Hijo. Si somos como la Madre seremos como su Hijo.


Canción actual

Title

Artist

Descarga la App para telefono Android o para Apple