VIGESIMO TERCER DOMINGO ORDINARIO (C)

LLAMADO A SER RADICAL

(Lc 14,25-33)

R.P. Emilio Garreaud, Director Nacional

El Evangelio inspirado, nos habla de la radicalidad del seguimi­ento al Señor. Es condición ineludible para el auténtico seguimi­ento del Señor Jesús, saber a renunciar a todo, aquello, que nos ata a las cosas de este mundo.

Vemos hoy, que el Señor, acompañado de mucha gente, les dice: «si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanas y a sus hermanos, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío». Mas tarde, luego de pronunciar las parábolas del Evangelio; les dirá: «el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío».

La Palabra de Dios habla por sí misma. Frente al seguimiento del Señor no cabe «las medias tintas»: «O se está con El o se está a contra El».

Debemos recordar que nuestra conversión, va implicar una con­stante renuncia a todo aquello que nos aleja del Plan de Dios. Todo queda en segundo plano; incluso las cosas que puedan ser buenas. Sabemos, que amar, a nuestro «padre, madre, mujer, hijos, hermanos y hermanas» es muy bueno; pero cuando ello, se opone al Plan, que Dios tiene para nosotros, tenemos que optar por El.

También, hoy el Señor nos pide que renunciemos «incluso a noso­tros mismos». Si vemos la cosa tan solo con ojos humanos, pode­mos pensar que todas las cosas que hacemos son buenas para noso­tros. Hay que recordar, que todo aquello que hagamos y que  no nos acerque a Dios, tiene que ser desechado. No debemos seguir la ley del «gusto y el disgusto» en nuestro actuar; sino m s bien la ley del «tanto cuanto». Esto quiere decir que «tanto cuanto» algo nos acerca a Dios. Hablemos por ejemplo, del caso del dinero, del cual nos habla hoy el Evangelio. E dinero en sí mismo no es malo; sin embargo si vivimos para sólo tener m s dinero, entonces nuestra vida pierde todo sentido. El mismo Evangelio nos dice: no podemos «servir a Dios y al dinero». En cambio, si el dinero nos sirve para poder servir al otro y a vivir la auténtica caridad, estar  bien que lo tengamos.

Para dar fuerza a su argumentación, el Señor nos pone dos par bolas. La primera de ella nos habla del hombre que antes de construir una torre, se pone primero a calcular cuanto tiene de dinero, Si no va a poder cubrir los gastos entonces, prefiere no construirla. También nos pone el Señor, un segundo ejemplo; en el cual nos habla de un rey que antes de entrar en combate, examina cuantos soldados tiene y cuantos el enemigo. Como va a perder, prefiere enviar legados para pedir las condiciones de paz.

Como vemos las actitudes de ambas personas son evidentes. ¿Para qué concluir si no vamos a terminar? Igualmente lo que nos pide el Señor es igual de evidente. ¿Para qué apegarnos a las cosas de este mundo, si es que vamos a ser infelices?  ¿Para qué, seguir con nuestros propios planes si al final, nos van a conducir a nuestra perdición?

Algo que hay que recalcar, es que el Plan de Dios, es lo mejor para nosotros. Es verdad que tendremos que cargar con al cruz; pero m s allá  de ella nos encontramos con la resurrección. El Señor nunca nos lleva por caminos de mal. Siempre quiere el bien para nosotros.

Maria nos enseña a dejar todo, con tal de seguir a Dios. Ella renuncia a todos sus planes que eran buenos.


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