VIGESIMO PRIMER DOMINGO TIEMPO ORDINARIO (C)

SEÑOR ABRENOS

(Lc. 13, 22-30)

R.P. Emilio Garreaud, Director Nacional

Una vez más, el Señor Jesús, nos invita a vivir con autenticidad. El quiere, que nosotros entremos en su Reino, por «la puerta estrecha»; y así, de esa manera nos plenifiquemos como hombres.

Los judíos que vivían con el Señor Jesús, pensaban, que ellos eran los únicos, que podían entrar en el Reino de los Cielos; pero no es así. Jesús nos enseña, que no es suficiente pertenecer al Pueblo elegido; lo importante es tener una fe que se mani­fieste en las obras.

El profeta Isaías, nos muestra, que Dios, convoca a hombres de todas las naciones y de todas las lenguas. Es a todos los hom­bres, a quien Dios, quiere congregar e invitar a que se convier­tan. El Evangelio, nos enseña, que el Señor, quiere reunir en su mesa a los de Oriente y Occidente, a los del Norte y del Sur.

Más allá, de las diferencias, raciales, de sexo o de estado de vida, el Señor, nos convoca a TODOS, sin excepción a que cumpla­mos con su Plan de Salvación.

No basta llevar el nombre de cristiano, para salvarse.

Por el sólo hecho de ser un «cristiano mediocre»; definitiva­mente, no te has salvado. Para poder participar de esa alegría, de estar en la presencia de Dios, es necesario que, como María nuestra Madre, seamos fieles, al Plan de Dios.

Ni siquiera el hecho de haber participado de la eucaristía, o haber escuchado la Palabra de Dios; nos basta.

El Evangelio, nos dice, que podemos decirle al Señor: «Hemos comido y bebido contigo y tu has enseñado en nuestras plazas»; sin embargo, Él os replica: «ustedes‚ quienes son. Aléjense de mí, malvados».

Como bien señala, hoy el Evangelio: la puerta es estrecha. Dios nos pide que seamos exigentes con nosotros mismos. Esa exigencia se va a manifestar en nuestra coherencia de vida. Como la Virgen María, en todo momento, dependiendo de mis posibilidades y de mis propias capacidades: debo cumplir el Plan de Dios.

No basta con sólo ser «bueno», hay que trabajar intensamente, en «ser perfectos». Todo esto significa que no podemos vivir un cristianismo acomodado a nuestra manera. El Evangelio no se puede vivir solamente, por la puerta ancha. Ser cristiano implica tener que renunciar, para luego ganar. San Pablo refiriéndose a esto, nos enseña en la carta a los Hebreos: «fortalezcan las manos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes y caminen por la senda llana: así el pie cojo, en vez de retorcerse se cura. Como diría el mismo San Pablo; después de pasar por lo que «nos duele», conseguiremos «como fruto una vida honrada y en paz».

Si vivimos como el mismo Señor Jesús; conseguiremos «el ciento por uno, ahora en esta vida presente … y en tiempo venidero la vida eterna» (Mc. 10,29ss). Como vemos el Señor no sólo alude una recompensa en el más allá; en este mundo recibiremos un premio centuplicado. Toda renuncia por amor tendrá como respuesta muchos dones veces superiores.

Para recibir centuplicadamente y «sentarnos a la mesa en el Reino de Dios»; hay que atrevernos a dar el salto al vacío. Hay que tener la valentía de dar ese uno y tener el valor de saltar: luego recibiremos, «cien veces y mucho más».

Hay que recordar que: «los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos».


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