El Llamado

(Lc 9, 51-62)

 

R.P. Emilio Garreaud I., Director Nacional

Puedan sonarnos, un poco duras las palabras del Señor Jesús. ¡Qué difícil para nuestros oídos burgueses, escuchar la palabra radicalidad! Querámoslo o no, el cristianismo no ha sido hecho a nuestro particular capricho y de acuerdo a nuestra comodidad; sino que más bien, tenemos que responder a la medida de lo que el Señor nos pide. De lo que se trata, es: seguirlo, sin arrancar las páginas incomodas del Evangelio.

En el Evangelio inspirado, vemos como el Señor Jesús, se aproxima a Jerusalén. Ir a Jerusalén significa, afrontar la muerte. Él sabe lo que le va a suceder y sin embargo no se amilana; y así nos enseña lo que es la radicalidad en la vida del cristiano.

Las lecturas que meditamos, el día de hoy nos hablan de las distintas actitudes que podemos tener frente al llamado que nos hace el Señor. El primero que se le acerca al Señor, muestra una gran decisión de seguirlo. Le dice: «Te seguiré‚ a donde vayas». Ante, este acto de generosidad, el Señor lo acepta como discípulo; pero antes le advierte: «los zorros tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». Como bien nos enseña, el mismo Señor:»el discípulo no puede ser mas que su maestro». Lo que le está diciendo, es que si quiere ser su seguidor, tendrá  que tener una disponibilidad total. Optar por el Señor, significa desapegarse, de todas las cosas que nos alejan de Dios.

En el segundo, caso, es distinto al primero. Es el mismo Señor Jesús, quien lo convoca. Le dice: «Sígueme». En este segundo caso, responde, el convocado: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre». De esta respuesta podemos, deducir dos posibles actitudes.

La primera, es la de poner excusas, para no seguir al Señor. En realidad, a lo mejor este hombre no quería seguir al Señor. No estaba dispuesto a no «tener donde recostar su cabeza». Su apego por las cosas de este mundo, era tal, que pone a lo mejor excusas contundentes; como la de «ir a enterrar a su padre». Aquí vemos reeditada la misma actitud del joven rico; pero sin su franqueza. El joven rico, por lo menos le dijo al Señor, que no quería seguirlo, en su propia cara.

En esta  respuesta también podríamos encontrar otra actitud. Es posible que este hombre quiera seguir al Señor, pero no en ese momento. Se trata de los que posponen el seguimiento del Señor. Son de aquellos que se dan licencias para no responder al Plan que Dios tiene. Quiere seguirlo, pero, en un tiempo posterior. Lo que no se da cuenta este hombre es que a lo mejor no llegue ese tiempo. Los motivos pueden ser muchos. Puede ser, que más tarde, no tengamos la disposición interior para acogerlo,  pues todo tiempo de negación de Dios, inevitablemente nos endurece el corazón; o sencillamente la muerte nos puede llegar en cualquier momento y nunca tengamos tiempo para responderle al Señor. Cuando Dios nos convoca, es ese precisamente, el momento en que tenemos que responderle.


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