SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA / DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

(Se usa el mismo Evangelio para los tres ciclos)

Señor mío y Dios mío

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 4,32-35

Segunda Lectura: Primera carta del apóstol San Juan 5,1-6

Evangelio según San Juan Jn 20,19-31

R.P. Emilio Garreaud, Director Nacional

¿Qué habrá sentido Tomás cuando le contaron los demás apóstoles que habían visto al Señor Jesús Resucitado?

Vivía en carne propia el fracaso humano de la muerte del Señor. Cristo que era el «Mesías», había sido crucificado como un malhechor más. Sus ilusiones habían desaparecido y se sentía frustrado y delante de los demás era un «cómplice» de aquel «delincuente». La  desesperación se había apoderado de él.

¿Cómo podría resucitar alguien que ha muerto?

Se aferra a su razón y no cree. Mantiene su actitud de reserva, y espera poder verificar por sí mismo, el paso de la muerte a la vida del Señor Jesús. Tomás si bien era un hombre “vivo”, experimentaba en sí mismo, su propia “muerte”; fruto de la “desilusión”. Vivía el desconcierto de no saber que hacer con su vida.

Sus criterios errados son tan poderosos, que no acepta otra posibilidad más allá de la muerte del Señor – con ello también  verifica su propia muerte- . Sus sentimientos de desesperanza se han apodera­do tanto de su mente, que no puede ver con claridad.

No cree a pesar de escuchar el testimonio de los apóstoles y de ver la alegría de sus rostros. Brotan de su boca esas palabras incrédulas y caprichosas: «si no veo la señal de los clavos en sus manos, y no meto mi dedo en esa señal de los clavos y mi mano en su costado  no creeré».

Al igual que a Tomás, para muchos de nosotros el Señor se encuentra muerto, pues no tenemos fe en Él.

¿Viviríamos de la forma que lo hacemos, si Cristo no hubiera resucitado?

El Señor no cuenta muchas veces en nuestra vida, y  si cuenta no es como debería.

La causa de ello es que también nos aferramos a nuestros criteri­os errados que no nos permiten ser como Jesús. Nos decimos:

!Qué difícil es todo esto, mejor no seguir!

!Los demás no me comprenden!

¿Dónde están los frutos inmediatos?

!Si la mayoría no es cristiano de verdad, porque yo tengo que serlo!. Y cuantos otros criterios errados que se apoderan de nuestra mente y no nos permiten ser como Jesús.

Además de ese Tomás incrédulo (que de alguna manera nos represen­ta); también nos encontramos con un Tomás que arrepentido de su poca fe, reconoce la divinidad del Señor Jesús: «Señor y Dios mío» (Jn 20,26-28).

Cuando veamos la «verdad» optemos por ella, con radicalidad.

San Agustín refiriéndose a la confesión de la Divinidad de Jesús, que hace el apóstol afirma: “Tomás viendo y tocando al hombre le confesaba Dios, a quien no veía ni tocaba; pero por lo que veía y tocaba, depuesta toda duda creía; por eso sigue: “Respondió Tomás y le dijo: Señor mío y Dios mío”.

Algunas cosas, podemos rescatar de una de las más grandes confesiones de fe de la Sagrada Escritura.

Al final de cuentas, la profesión de fe que Tomás realiza se debe más que a una certeza intelectual, a una experiencia de encuentro con la «persona» del Hijo de Santa María.

Es la Madre de Cristo Resucitado la que nos muestra con su vida, la fe que debemos tener. Al igual que decíamos de Abraham, que era el padre de la fe, decimos de María,  que  es la Madre de la fe. Ella responde a la invitación que Dios le hace con una fe profunda. Por más dolores y dificultades que ella pudo haber vivido, nunca tiene actitudes como la de Tomás el incrédulo, ella siempre proclama su fe en el Señor. Ese “Señor mío y Dios mío”, que luego brota de los labios de Tomás, permanentemente se encuentra sellado en el corazón de la Madre.

El otro aspecto importante de esta confesión es el hecho que Tomás la realiza en medio de la «comunidad»

Cuando Tomás estaba solo, lejos de los apóstoles, se dejó ganar por criterios errados y pasiones desordenadas. Cuando regresó al seno de la «comunidad», recién pudo ver con claridad.

Además de ser la comunidad, una instancia en donde podemos encontrar la verdad, ella es lugar de comunión en donde todos los creyentes “piensan y sienten lo mismo”. Esa experiencia tan bella de vivir en comunidad lo expresa el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando nos muestra el amor que se tenían los primeros discípulos.

De forma privilegiada uno podrá ver al Señor Jesús, cuando com­parte con los «otros» que también lo aman.

Tomás es ejemplo para muchos de nosotros. El que tuvo fe con tanta dificultad: creyó también con gran hondura. El nos enseña a palpar en carne propia, que «Dios todo lo puede».

San Pedro, en su primera carta, nos exhorta a amar a Jesucristo, aun cuando no lo hayamos visto: “No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación”.                 


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