EL BAUTISMO (Mt 3, 13-17) R.P. Emilio Garreaud I., Director Nacional  En los preámbulos de su vida… Click to Tweet

El Señor Jesús, que se hizo semejante a nosotros, en todo, menos en el pecado, se bautiza “para proclamar con su humildad, lo que para nosotros era necesidad”(San Agustín). Con su bautismo instituye este sacramento; por medio del cual nos reconciliamos con el Padre. Más tarde en el epílogo de su vida pública, en el momento de la ascensión, les dirá a los apóstoles: “Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”(Mt. 28,13).

En el momento del bautismo del Señor Jesús, palpamos por otro lado la presencia de Dios Trinidad.  Como señala el Prefacio de la misa es con “el bautismo de Cristo en el Jordán… (que Dios Padre), hizo descender su voz desde el cielo para que el mundo, creyese que su palabra habitaba entre nosotros; y por medio del Espíritu, manifestado en forma de paloma, ungió a su siervo Jesús, para que los hombres reconociesen en él al Mesías, enviado a anunciar la salvación a los pobres.”

La presencia de Dios Trinidad, es importante  en la institución de este sacramento. Igualmente, en este momento descubrimos la figura de Dios Padre de Amor, que nos habla de su Hijo, y nos invita a través de Él, a la eternidad. Celebrar la fiesta del bautismo del Señor nos debe llevar a meditar sobre nuestro propio bautismo.

Con nosotros, por medio de la efusión del Espíritu Santo, se produce el milagro de nuestro propio nacimiento. Así como el Señor le decía a Nicodemo, nosotros nacemos por medio del bautis­mo a las cosas de Dios y dejamos de ser carne,  para convertirnos a Espíritu. Es desde nuestro bautismo, que nos hacemos otros Cristos y entramos a participar de esa triple función de sacer­dote, profeta y rey. Sacerdote que ofrece toda su vida en oblación a Dios. Profeta que predica la palabra de Dios, a tiempo y a destiempo. Rey que hace que el Señor Jesús reine en su corazón y con su testimonio de vida lo hace reinar en el mundo.

En el bautismo recibimos el gran don, de ser hijos de Dios y de ser invitados a la santidad. Y por el bautismo entramos a participar de la familia de la Iglesia. Nos hacemos hijos de María la madre de la Iglesia. De la misma manera como el Espíritu Santo descendió sobre Ella y se produjo el nacimiento de su Hijo, así también desciende sobre nosotros, en la pila bautismal, y cual nuevos Cristos, se convierte Ella, en Madre nuestra.

San León Magno refiriéndose a este sacramento, decía: “Gracias al sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo: no se te ocurra ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped, ni volver a someterte a la servidumbre del demo­nio: porque tu precio es la sangre de Cristo”.


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