CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO (C)

Escrito por el diciembre 20, 2018

REFLEXION PARA EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO (C)

23 de Diciembre de 2018

MADRE DE LA ESPERANZA

                   (Lc 1,39-45)

R.P. Emilio Garreaud I. Director Nacional

 

En este último domingo de Adviento irrumpe la figura maternal de María. La Iglesia ha querido regalarnos en este día con el pasaje de la visitación, que nos muestra a la doncella de Nazaret preparándose para el nacimiento de su Hijo.

Ella es la mujer, que luego de la Anunciación, germina en su seno al mismo Dios. María conserva y medita sobre las palabras del Ángel: “Isabel tu pariente, ha concebido un hijo y está en el sexto mes” (Lc 1,36). En estas palabras descubre los designios de Dios e inmediatamente se dispone, a servir de su prima Isabel.

El Verbo Encarnado en su seno maternal, la impulsa a dos servi­cios: el del anuncio de la palabra y el de la preocupación solidaria hacia los hermanos. “Ella encierra a quien es la Buena Nueva, y por los efectos de su unión… vive intensamente la dinámica irradiativa de la Palabra, la sobreabundancia plenificadora se torna en ansia comu­nicativa”. El Mesías es mostrado por María, e Isabel quedo llena del Espíritu, como consigna la Escritura.

Además de anunciar la palabra, María nuestra Madre, también nos muestra la importancia del servicio caritativo al herma­no. Seguramente, ella estuvo preocupada de las cosas domésticas y sencillas; y así acompañaba a su prima Isabel. Ella, es la “mujer de la esperanza” y nunca se deja sobrepa­sar por el dolor, o las incomprensiones y  o el cansancio físico. Ella, más allá, de cualquier situación, siempre esta atenta al Plan de Dios, que la vuelca al servicio a los demás. Su esperanza en el nacimiento del Mesías, es tremendamente dinámica, siempre pensando en el servicio al otro.

Caminemos a lo largo de este adviento, cerca de nuestra Madre: la mujer que vive llena de esperanza, donándose constantemente a los demás. Nosotros tenemos la esperanza que algún día nos encontraremos con el Señor Jesús y para ello, no hay que dejar de combatir. Como María, seamos anunciadores de Cristo. Prediquemos,  el Evangelio a tiempo y a destiempo y en todo lugar. Volquémonos en amor de caridad, especialmente a los más necesitados.

Solamente, viviendo esa doble dinámica de amor a Dios y al próji­mo nuestra vida adquiere un auténtico sentido. Pidámosle a nuestra Madre,  que nos ayude a vivir la esperanza activa en medio de nuestra vida. “Ella precede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo, hasta que llegue el día del Señor (2 Pe 3,10).


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